El descubrimiento fue gradual. Los investigadores científicos y los
buscadores de chatarra se sumergieron durante décadas en las aguas
del Río de la Plata, hallando fierros viejos los primeros y datos
empíricos los segundos. Pero todos encontraban algo más por
accidente: piedras de formas raras, piezas metálicas inusuales,
huesos fosilizados, pilares mugrientos enterrados en el barro y la
sensación de que acá anduvo gente. No fue hasta el descubrimiento
del profesor Tacorta que se despertó el interés científico. El
doctor Juan Luis Tacorta (popularmente conocido como el Profesor
Juancho) encontró un largo y grueso sarcófago de bronce en el lecho
del río.
Dentro del ataúd había un esqueleto, un casco o corona de plata,
restos de objetos indescifrables y jeroglíficos de un idioma
desconocido. El difunto fue nombrado Ñam Fri Fruli Fali Fru, en
honor a la canción que tarareaba Juancho cuando lo encontró. Vivió
hace diez mil años; pertenecía a una cultura muy avanzada para su
época. La llamaron "Cultura Soretiense", ya que junto al
sarcófago encontraron muchos desechos humanos, resabios de las aguas
cloacales porteñas.
La comunidad científica tenía demasiadas preguntas: ¿Cómo era la
cultura soretiense? ¿Hasta dónde se extendió? ¿Cómo desapareció?
¿Cómo desarrollaron una escritura compleja y manejaron el bronce
siglos antes que el resto de la humanidad? ¿Por qué las culturas de
la zona no heredaron su tecnología? ¿Qué otros misterios ocultaban
los soretienses? Y sobre todo ¿dónde podrían excavar que no sea en
el cementerio de heces donde hallaron el sarcófago?
Afortunadamente los restos arqueológicos abarcaban más terreno. Se
pudieron encontrar piezas enterradas en gran parte del lecho oeste
del río: algunos ataúdes, puntas de flechas, tablillas, muchas
bombillas de acero que ponían de cabeza nuestra concepción de: la
historia, propagación, aceptación, degustación, admiración,
confesión y un poco de tradición pero no tradición en tanto
gauchos pegándole a un caballo sino como método de los pueblos para
perpetuarse en las costumbres de sus sucesores sin importar si es una
costumbre virtuosa o un trauma colectivo que se arrastra de padres a
hijos y debe ser erradicado pero en este caso es costumbre virtuosa
porque aguante esa infusión que yo la tomo dulce y con yuyos aunque
los maricones ortodoxos digan que debe ser amargo, del mate.
Las excavaciones en tierra firme se volvieron imprescindibles. La
ciudad de Buenos Aires (que, para celebrar el hallazgo, cambió su
nombre a "Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires")
autorizó excavaciones en sitios estratégicos, priorizando a los
arqueólogos de las universidades extranjeras y los sitios menos
relevantes, como los parques públicos o los barrios de clase media.
Los investigadores de Harvard encontraron restos de un edificio
ceremonial en las profundidades de la Reserva Ecológica Costanera
Sur. Uno de sus muros conservaba en relieve el mapa de una ciudad
avanzada, a la que dieron en llamar Teresa. Arqueólogos de Oxford
hallaron unos pocos objetos de oro y piedras preciosas excavando en
la plaza del Congreso. Investigadores de Toronto hallaron los restos
de una muralla en el patio de una familia de Caballito. Profesionales
de la UBA encontraron lo que podría ser una punta de lanza en la
frontera entre Quilmes y Florencio Varela.
A medida que aumentaban las excavaciones terrestres, la exploración
del lecho del río fue disminuyendo hasta casi desaparecer. Sólo los
cazadores de tesoros siguieron sumergiéndose, mientras en tierra los
descubrimientos se multiplicaban. Los hallazgos eran tantos que
parecía inadmisible no haber descubierto antes la civilización
soretiense. Hasta que la verdad salió a la luz: existía una antigua
conspiración para ocultar el registro arqueológico. Varios
periodistas perdieron la vida intentando indagar donde no debían,
hasta que el escritor Rodolfo Sunga logró entrevistar a un miembro
de la R.O.C.H.A (Resarpada Organización Conservadora del Hallazgo
Argentino). Transcribimos algunos fragmentos de la entrevista:
(...) El sujeto en cuestión me aguarda en una esquina. Un
impreciso brillo en sus ojos es lo único que delata su condición de
sectario. El resto de su aspecto es la perfecta estampa de un krusty
(nota del editor: los krustys fueron una tribu urbana característica
de los barrios marginales. Sus miembros usaban ropa deportiva,
visera, pelo verde, rostro maquillado de blanco y una jerga propia,
donde abusaban de las variantes más obscenas del dialecto Post
Villero Neo Querandí). Durante nuestro diálogo mantendrá un tono
académico digno de una eminencia, tono que intercalará con
expresiones krustys ante la cercanía de cualquier transeúnte. En
esos instantes hasta su gestualidad corporal será otra, en una
camaleónica danza tan natural en él como la respiración lo es para
el resto de los mortales. Se hace llamar "El Poronga Gutiérrez".
EL PORONGA: Deponga su miedo, mi estimado. Si La Organización
tuviera algo en su contra, usted se habría percatado de ello mucho
tiempo ha.
YO, O SEA RODOLFO, RODOLFO SUNGA, EL PERIODISTA. DEJÉMOSLO EN
ENTREVISTADOR. EMPECEMOS DE NUEVO. EL ENTREVISTADOR: No estoy
nervioso. (...) ¿Entonces su organización lo supo desde siempre?
EL PORONGA: Los habitantes nativos empleaban el término Huinca
Sorongo (podemos traducirlo como "Ancestros de los que nada
sabemos") para referirse a los objetos antiguos que
desenterraban en la pampa húmeda. En sus tradiciones orales no había
registros de esa cultura por ustedes denominada soretiense, por
nosotros conocida como El Hallazgo. (...) La Organización se fundó
en 1537, a espaldas de Pedro de Mendoza. Sus miembros se fugaron de
la hambrienta ciudad y se mimetizaron con los querandíes. (...) Para
cuando los españoles volvieron en 1580, La Organización era una
cofradía de mestizos que había reclamado cuanto objeto sospechoso
hubiera en la superficie. El Hallazgo era propiedad nuestra y sus
reliquias fueron vendidas para financiar nuestros intereses, es
decir, los de La Patria. (…) Durante siglos nos hemos ocultado bajo
austeras fachadas. Mis antecesores simularon ser gauchos ebrios de
ginebra y de coraje, villeros sumidos en las más bajas capas de la
marginalidad, guapos altivos que sembraron de tangos las madrugadas
porteñas, hippies que soñaban con trascender… ¡Y entonces le
enchufé un lametierra en toda la jeta! ¡Pa' que aprenda por
culotibio! (Un anciano pasó cerca nuestro. El Poronga tiró
golpes al aire para enfatizar su anécdota. Yo lo ayudé a patear un
rival invisible para disimular, creo que exageré. El jubilado nos
vio al pasar; lo oí murmurar "Negros de mierda... Hay que
matarlos a todos". Cuando yo no quedó un viejo hijo de re mil
puta ante el cual fingir, el Poronga retomó el hilo como si nada
hubiera pasado) …los límites de la percepción. (…) Los
medios nos difaman porque sólo les importa el escándalo. Nos han
acusado de financiar cuanta guerra, complot e imperio han acaecido en
el mundo.
ENTREVISTADOR: Pero los documentos desclasificados vinculan la
R.O.C.H.A con la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española,
la caída de Atari...
EL PORONGA: Nuestro destino ha estado unido al de la Argentina desde
el comienzo. Ahí comienza y acaba nuestro interés. (Sacó del
bolsillo una artesanía: un pequeño armadillo dorado).
Contemple: es un gliptodonte de oro sólido. Los milenios se acumulan
en su superficie. Especulamos que el pueblo del Hallazgo convivió
con estos especímenes. O tal vez sólo adoraban sus restos fósiles.
Lo único indudable es que reproducían su imagen incansablemente en
estatuillas áureas. Joyas como esta se hallaban por toda la zona con
sólo excavar unos centímetros. Así fue hasta mediados del siglo
XX. (...)
ENTREVISTADOR: ¿Me está diciendo que la economía argentina siempre
dependió de la venta de estas joyas?
EL PORONGA: La superficie es un teatro montado por los políticos y
empresarios, los únicos que creen esa farsa. Las épocas de
esplendor y crisis provienen directamente del mercado negro de joyas.
Cuando encuentran una gran veta de joyería, la Argentina crece y
viva el presidente ingenuo que trae prosperidad. Pero cuando escasean
las joyas es el crujir de dientes, las gomas quemadas, el McDonald's
del obelisco y ¡Mamita! ¡Qué zanja pa hundir el travesaño! ¡Linda
huerta pa enterrar el enano! (El Poronga le grita varias
obscenidades más a una mujer joven que acaba de pasar y cuyo culo es
ciertamente notable) (Nota del editor: confirmo. Yo estaba
espiando y un upite como ese no se ve todos los días). (...) Por eso lo hemos llamado. Necesitamos un testigo de
nuestra verdad y nuestra tragedia. Actualmente disponemos de varios
túneles secretos para la búsqueda de piezas arqueológicas. Verá
por usted mismo cuán poco fértil en riquezas se ha vuelto esta
tierra. Ahora sígame la corriente (comenzamos a caminar por una
calle transitada, cantando una canción de moda, tan famosa como
obscena):
Cuando llego al baile
arrastrando la anaconda...
me dicen el destapacaños.
Vení que te rompo,
vení que te escupo.
¡A tu hermana le gusta!
(yo lo sigo, hago coro, imito sus ademanes. No puedo evitar ser
invadido por una felicidad salvaje. Al rato soy yo quien más
enfatiza la canción)
El resto de la entrevista describe cómo Rodolfo y el Poronga
ingresan a un túnel secreto en la estación Uruguay del subte.
Llegan a una excavación donde varios linyeras buscan joyas. El
relato termina con la despedida del Poronga. No se volvió a saber de
Rodolfo Sunga tras la elaboración de su informe. Al día siguiente
el Poronga lo llevaría a otra mina más grande bajo el parque
Rivadavia.
Desde entonces, muchos aseguran haber visto a Rodolfo en distintos
lugares de la ciudad: vestido como un krusty, fumando porro en una
esquina, pateando gatos, pidiendo plata a los transeúntes asustados
en la noche. Algunos dicen que ascendió a un alto cargo en La
Organización, hasta se rumorea que era el líder. Hay quienes
sostienen que se infiltró en la R.O.C.H.A para realizar la
investigación periodística más ambiciosa de su carrera. Al día de
hoy se siguen buscando sus presuntas crónicas de krusty. El único
hecho indiscutible es su muerte, siete años después, en un tiroteo
subterráneo donde una célula de krustys intentaba usurpar un
yacimiento de espadas broncíneas de hace 14.000 años.
Hoy varias escuelas llevan el nombre de Rodolfo Sunga. Su obra
literaria es analizada en las universidades. El día de su muerte se
celebra el “Día del Periodista que Comprometió Demasiado con su
Labor en vez de Quedarse en Casa Mirando Netflix”. Es famosa su
estatua en el túnel bajo la 9 de Julio. Vándalos anónimos la
maquillan regularmente como un krusty a modo de burla. Otros vándalos
la maquillan como un krusty a modo de homenaje. Aún se discute
cuáles vándalos son cuáles.
Los arqueólogos siguieron avanzando. Se descubrió que la ciudad de
Teresa fue abandonada hace unos siete mil años, al final de la
última glaciación. El deshielo inundó la zona, creando el Río de
La Plata. Los últimos siglos antes de la inundación fueron de
crisis. La población habría sufrido invasiones frecuentes,
aparentemente de varias tribus aledañas. Los incendios también
abundaron; aún se debate si fueron provocados por los ejércitos
enemigos, por el clima, por una deficiente estructura de las casas o
una combinación de varios factores. Quizás traída por los
extranjeros, una peste se expandió por la ciudad, causando una
mortandad que se calcula de entre el treinta y el cincuenta por
ciento de la población. Se debate qué enfermedad causó tal
desastre; la conclusión más aceptada es que fue un virus hipotético
hoy extinto, al que se bautizó Soretovirus Tereso. Probablemente
como consecuencia de la enfermedad y las malas cosechas, los
tereseanos recurrieron al canibalismo durante las últimas décadas
antes de la inundación. No hay un solo esqueleto de esos años que
no muestre huellas de cortes con cuchillos. Algunos huesos fueron
tallados para convertirlos en escarbadientes, lo que evidencia hasta
qué punto estaba normalizado el consumo de carne humana. Tales
crueldades se terminaron con la inundación. Pero esto genera un
debate: si se inundó la parte baja de la ciudad (hoy el lecho del
río), ¿por qué también abandonaron la zona alta (hoy la Ciudad
Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense)? Años después se
encontrarían indicios de un meteorito bajo la Avenida Corrientes
(luego se supo que el meteorito fue vendido por la R.O.C.H.A hacía
décadas). Las fechas cerraban. Poco después de la inundación, una
roca metálica de 100 metros cayó sobre lo que quedaba de Teresa.
Los escasos supervivientes se dispersaron en tribus cercanas y con
ellos se diluyó la cultura soretiense.
Las excavaciones del presente no fueron menos caóticas que el pasado
que intentaban revelar. Los pozos eran cada vez más profundos.
Manzanas enteras fueron sacrificadas, el subte línea E fue
clausurado, los bosques de Palermo parecían campos de batallas, la
Reserva Ecológica Costanera Sur era un gigantesco cráter donde
pululaban los explotados estudiantes de Arqueología. Se pusieron de
moda las excavaciones independientes: desde pequeñas empresas hasta
propietarios que arruinaban su patio en busca de un algo soretiense
que los vuelva millonarios. Era más rentable encontrar dos joyas
polvorientas que dedicarse toda la vida a un trabajo. Aún se discute
si esto se debía a la alta calidad de las artesanías soretienses o
a las precarias condiciones laborales en la Ciudad Laureada Autónoma
de Buenos Aires Rioplatense Tereseana.
La R.O.C.H.A no podía quedarse indiferente cuando tantos
desconocidos se apoderaban de un patrimonio que consideraban suyo.
Las intimidaciones a los arquelógos se convirtieron en boicots,
luego devinieron en palizas, hasta llegar al enfrentamiento armado.
El estudiante escocés Phill A. Schikas fue la primera víctima de
una escalada de violencia que obligó a la gendarmería a vigilar las
excavaciones y a los arqueológos a portar armas. Los tiroteos
subterráneos se volvieron frecuentes en una zona que parecía estar
fuera de la ley. Los medios bautizaron el conflicto como "el
Profundo Oeste del Río de La Plata".
Los pozos de las excavaciones ya tenían decenas de metros de
profundidad, muchos de ellos interconectados por túneles que
convertían al Profundo Oeste en un subte paralelo consagrado a los
tiroteos entre arqueólogos y contrabandistas. Los más osados se
mudaron al subsuelo, ya sea para custodiar una veta de joyas o por la
dificultad para alquilar en la superficie. Hacerse propietario era
tan fácil como excavar un agujero lateral en un túnel y armar una
cueva o carpa o casilla. Mucha gente eligió esa vida a pesar de los
peligros que implicaba; se popularizó llamarlos vizcachas. Al
principio abundaban los linyeras y desesperados. Pero de a poco
empezaron a llegar trabajadores que subían a laburar durante el día
y volvían por la tarde a su agujero.
Para ese entonces, los arqueólogos encontraron restos de megafauna
de diez mil años. Se comprobó que los soretienses habían tenido
contacto con perezosos gigantes, mastodontes y gliptodontes, entre
otros. Pero los nuevos descubrimos fueron más allá: había
evidencia sólida de que los soretienses domesticaron algunas de
estas criaturas. Megaterios enterrados con su silla de montar, restos
de corrales de gliptodontes, estatuas de guerreros montados en
perezosos, son algunas de las pruebas que asombraron a los
científicos. Pero nada los asombró más que las Mega Invasiones.
Durante al menos mil años la ciudad fue atacada periódicamente por
manadas de fieras tales como leones, elefantes o tigres dientes de
sable. Los combates de esas bestias contra los hombres montados en
perezosos debieron ser espectaculares, a juzgar por la cantidad de
armas rotas, huesos triturados y estatuillas conmemorativas de plata.
Las excavaciones ya eran monumentales. Cada campamento arqueológico
era una mini Ciudad Estado, con su mini ejército, sus mini reglas y
sus mini combates a muerte contra las mini bandas de la R.O.C.H.A.
Entre tiroteo y tiroteo ocasionalmente se excavaba. Al llegar a los
estratos de hace 50.000 años se hizo quizás el descubrimiento más
asombroso, aún más asombroso que la comprobación de que la ciudad
existía desde hace cincuenta milenios, reescribiendo por centésima
vez los libros de Historia: había dinosaurios.
Se encontraron huesos bien conservados de una nueva especie de
terápodo carnívoro, especie que por algún motivo desconocido no
evolucionó a ave como el resto de dinosaurios modernos. Su tamaño
era equivalente al de un Peugeot 600, motivo por el cual lo
bautizaron Fititosaurus Rioplatensis. Los soretienses lucharon contra
los Fititosaurus durante milenios. Las invasiones de esos reptiles
fueron aún más violentas que las de los mamíferos. La ciudad debió
ser reconstruida en varias ocasiones, con murallas más grandes cada
vez. Se teoriza que la necesidad de defensa contra los dinosaurios
fue lo que impulsó el salto tecnológico soretiense. Para derrotar
semejantes invasores, los tereseanos contaban con un arma inaudita.
Se la llamó Bazuca de San Rudecindo, en honor al santo en cuyo día
fue descubierta. Consistían en cilindros metálicos portátiles de
un metro sesenta que disparaban fuego. Las bazucas halladas ya no
eran operables, aunque conservaban parte de su compleja maquinaria
casi intacta. A juzgar por los grabados en piedra, de ellas emergían
explosiones de llamas que podían calcinar a varios Fititosaurus de
un golpe. El secreto de esta tecnología se perdió hace
aproximadamente 30.000 años. Vanos fueron los intentos de recrearla
en la actualidad. Se sospecha que el combustible incluía petróleo,
azufre y orina de gliptodonte. Los experimentos con meo de tatú
carreta parecen confirmar esa teoría.
En el presente la mitad de la habitantes de la Ciudad Laureada
Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada ya vivían
en el subsuelo. Las principales instituciones y empresas se mudaron
bajo tierra. Se construyeron rascacielos a la inversa, llamados
rascasuelos. Las redes de túneles se convirtieron en varias capas
apiladas una sobre otra. Los excavadores y contrabandistas se
localizaban en los estratos más bajos y en los más periféricos.
Una vez que vaciaban los recursos, seguían escarbando y la población
se adueñaba de los túneles dejados atrás. Los automóviles y las
calles sobrevivían en la superficie, rodeados por un número cada
vez mayor de edificios abandonados. Se improvisaron ingeniosos
acueductos para que la lluvia no inunde los túneles sino que llene
las reservas de agua de los subciudadadanos. Servicios tales como la
luz eléctrica y el gas comenzaron a expandirse terreno abajo. Los
registros de la época dan cuenta de las complicaciones de esta vida
terrestre:
Fragmentos del libro "Crónica de los que hicieron un agujero y
se metieron dentro", donde el sociólogo Santiago A. Vecesyora
describe la vida en los subbarrios a través de la rutina de sus
vecinos, sin sacar ninguna conclusión al respecto, excepto por un
"Qué barbaridad" en la última página:
Esteban. 22 años. Ayudante de cocina. Su residencia es una caverna
con apenas espacio para una cama, una mesa, una PC gamer y un baño
consistente en un balde que desagota todas las mañanas en un pozo
que prefiere ignorar dónde desemboca. Su puerta es una tarima que
colocó en la boca de la cueva. Su cerradura es una cadena con
candado. Por la mañana sube a su trabajo trepando por una de las
numerosas escaleras de mano que adornan los túneles. "Yo me
mudé porque era gratis y estaba cerca del restaurante. Le cambié la
cueva a un ciruja por una botella de vino. (...) El lugar es muy
húmedo, sucio y lleno de ratas, pero es mi laburo".
Hilario. 78 años. Jubilado con la mínima. Se mudó a un agujero de
3x3 bajo Villa Soldati cuando tuvo que elegir entre comprar los
remedios o pagar el alquiler. Su condición física ya no le permite
subir a la superficie para ver a sus nietos, debiendo resignarse a la
visita anual de sus hijos. Su barrio es territorio de guerra entre la
R.O.C.H.A y los arqueólogos de la Universidad de Delhi. Su principal
entretenimiento es sentarse en una silla frente a su cueva y ver
pasar gente armada. En su entrevista emitió un largo y sentido
discurso sobre cómo los jubilados son ignorados y etcétera.
Sonia. 29 años. Nahuel. 23 años. Dos hermanos que comparten un
hueco del tamaño de un monoambiente. Se turnan para cuidar la casa,
ya que no hay cerradura. De día Sonia es profesora de Literatura en
escuelas secundarias. De noche Nahuel se dedica al pillaje.
Ocasionalmente incursiona en los campamentos de arqueología y las
bases de la R.O.C.H.A, pero su principal fuente de ingresos es el
saqueo de cuerpos en las batallas entre ambas facciones. "Cuando
vuelve del trabajo me cuenta historias terribles. Nadie debería
vivir algo así. Esos alumnos son unos salvajes".
Patricio. 45 años. Al preguntarle su profesión respondió
"Argentino de bien". Se mudó al subsuelo para no pagar
impuestos. "No te voy a mentir: estaba mejor en mi chalet en
Recoleta. Pero al menos ahora no estoy manteniendo vagos de mierda"
dice mientras le raspa el queso a unas cajas de pizza que se encontró
en los túneles. "Ahora soy mi propio jefe. Es más: soy mi
propio inquilino". Al pronunciar esa última frase sonríe
satisfecho, como si fuera (y probablemente lo sea) la frase más
ingeniosa que se le ocurrió en la vida. Patricio exigió leer el
borrador y prohibió terminantemente que publiquemos la anterior
observación.
Eduardo. 40 años. Delegado sindical (no dijo de qué gremio, o eso
creo). Su entrevista fue la más larga e, irónicamente, la que menos
información proporcionó. Trascribo unos fragmentos:
ENTREVISTADOR: ¿Hace mucho que vive acá?
EDUARDO: Compañero, vivo acá abajo igual que millones de laburantes
avasallados por la clase burguesa que explota los (...)
ENTREVISTADOR: ¿Por qué decidió mudarse?
EDUARDO: Por la crisis económica, compañero, la misma que deberían
pagar los capitalistas, esos que acaparan la plusvalía en (...)
ENTREVISTADOR: Linda mochila que tiene.
EDUARDO: Sí, es un recuerdo de Salta. Fui muchas veces a Salta. Esta
mochila la compré cuando fui con mi hermana y mi cuñado. Recuerdo
que fuimos a Cafayate y encontramos un puesto de recuerdos muy lindo.
Nos hizo recordar que esa tierra ha sido históricamente saqueada por
la perfidia del capital, azote de los pueblos, quienes, compañero,
algún día se unirán contra los poderosos que (...)
Mientras habla comparte con el entrevistador un mate artesanal que
milita por una causa popular y nacional, la cual defiende los
derechos del proletariado y de la Patria Grande y se concentrará el
jueves a las 16:00 en Plaza de Mayo, tanto en la superficie como en
el subsuelo.
Cuando se le preguntó por el iPhone que usaba, el entrevistado se
limitó a recitar "El Capital" de Carl Marx de memoria,
intercalando una muletilla en momentos aleatorios. Habiendo pasado
media hora, el entrevistador se retiró, sin que su interlocutor se
detenga o se dé por enterado. A varios metros de distancia aún se
podía oír a Eduardo: "En la propia relación de intercambio de
las mercancías, compañero, su valor de cambio se nos aparece como
algo totalmente independiente de sus valores de uso, compañero..."
Los avances en el idioma tereseano eran cada vez más prometedores.
La construcción comparativa a partir de dialectos nativos cercanos y
el desciframiento de los jeroglíficos prometían revelarnos los
nombres soretienses, sus relatos, sus grandes secretos. Al fin
sabríamos cómo usar las bazucas de San Rudecindo, cómo domesticar
cualquier animal salvaje, cómo fabricar las murallas tereseanas
(cuya resistencia y economía de recursos asombraban a los
arquitectos modernos). Los más optimistas hablaban de la cura para
enfermedades mortales o del secreto para convertir a Argentina en un
imperio. Pero la tarea no era fácil. El idioma era más complejo de
lo esperado y fue cambiando con los siglos. La ciudad, por ejemplo,
tuvo varios nombres: Sondatur, Ruevedeono, Tipusas... El nombre que
más duró (y el que tenía cuando el meteorito acabó con ella) fue
el de Fortatritas. En el idioma tereseano postclásico significa
“Ciudad Humedecida por la Orina de Numerosos Elefantes”. Pero
Teresa y Soretiense ya estaban tan instalados que nadie se planteó
cambiar esos nombres. También se supo que Ñam Fri Fruli Fali Fru
fue un rey: Lupersógico III. Su reinado fue efímero, por ello fue
enterrado en las zonas bajas. Los grandes reyes eran sepultados en
sarcófagos de oro en el Cementerio de los Dioses, territorio bajo
Villa Crespo que fue saqueado por la R.O.C.H.A durante la primera
presidencia de Julio Argentino Roca.
Antes de que el Gran Inconveniente Lacustre los interrumpiera, los
lingüistas habían descifrado los nombres de reyes, barrios,
divinidades, la descripción de algunas costumbres (como la de
escupir para arriba en los casamientos o la fiesta en honor a la
diosa del adulterio) y algunos relatos mitológicos.
La leyenda mejor restaurada es la de la creación del mate. Cuentan
que el dios Marareche creó esta infusión para que el ser humano la
beba y se vuelva inteligente. Al comienzo el mate se cebaba con pasto
pero eso volvía malvada a la gente y disgustaba al dios. Así que
envió al héroe Chupamate (nombre provisional; esa parte de la
tablilla estaba rota) a tierras lejanas en busca de una hierba
sagrada. Por el camino, enfrentó a un demonio de un millón de
cabezas, a un lagarto gigante y a un monstruo líquido que se metió
en su boca y poseyó su cuerpo. Chupamate lo expulsó con una fuerza
de voluntad sobrehumana. Entre los historiadores predomina la teoría
evemerista, según la cual el viaje ocurrió realmente pero fue
exagerado, ya sea por la tradición oral o por el propio Chupamate al
regresar. Esta teoría propone que la hierba sagrada era la yerba
mate, la tierra lejana era Misiones, el monstruo del millón de
cabezas eran nubes de mosquitos, el lagarto era un simple yacaré y
el monstruo líquido era una diarrea que Chupamate cotrajo por comer
frutas en mal estado.
Los soretienses creían que el mate era una herramienta divina para
alcanzar un estadio superior. Según la leyenda, quien logre cebar un
mate perfecto se ganará el cielo o alcanzará la paz interior o se
ganará un 20% de descuento en comercios adheridos (el vocablo
teresiano "Chajarasca" se presta a múltiples
interpretaciones).
El Gran Inconveniente Lacustre fue el fin para la arquelogía
soretiense y para la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires
Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria.
No se sabe cómo empezó el desastre. Algunos sugieren que los
investigadores de la Universidad de Bádminton excavaron demasiado al
este por error. Otros proponen que los culpables son los linyeras
vizcachas que intentaban abrir un hueco donde dormir. Los más
conspirativos culpan a la R.O.C.H.A, que lo habría hecho a propósito
como venganza por perder el monopolio de las joyas subterráneas. Lo
cierto es que, en un día fatal, la red de túneles llegó
directamente hasta el río. Todo el subsuelo se inundó en tiempo
récord, los muertos se contaron por millones, la mayoría de
estructuras que aún permanecían en la superficie terminaron de
desmoronarse. Lo que antes fuera capital de un país ahora era un
lago salpicado de rascacielos en ruinas.
Los historiadores dividen a los porteños sobrevivientes en ortodoxos
y heterodoxos.
Los heterodoxos se mudaron a otras localidades, mayormente al
conurbano. Casas de familiares, usurpaciones, debajo de los
puentes... Los porteños sobrevivían donde podían. Se formaron
villas de porteños. La más famosa y marginal es Villa Frank
Sinatra, en Berazategui. Sin importar dónde, los porteños eran
discriminados. Se los acusaba de quitar trabajos, de ser ladrones, de
putear demasiado en las calles, de abrir horrendos restaurantes snob.
Quizás tanto desprecio sólo fuera una venganza hacia quienes algún
día manejaran el destino del país.
En cambio, los porteños ortodoxos no consintieron en volverse meros
bonaerenses. Donde quiera que se instalaban se sentían inconformes y
volvían a mudarse. Comenzaron una vida nómada. Intentaron preservar
sus costumbres, sus recuerdos de la ciudad perdida, su orgullo de
descendientes tereseanos. Muchos heterodoxos arrepentidos se les
unieron, cansados de la discriminación. Desde entonces vagan por el
país buscando un lugar digno donde construir un nuevo obelisco y
fundar la Nueva Buenos Aires. A fecha de elaboración de este
informe, han instalado su campamento en las inmediaciones de
Purmamarca. Ya se reportan fricciones con los locales. Porque los
porteños insisten en que sólo ellos son verdaderamente jujeños y
que el Cerro de los Siete Colores no es nada comparado a La Boca, en
cuyas casas había más de siete colores.
El historiador José Losabía propone una tercera categoría efímera:
los porteños negacionistas (también llamados porteñovenecianos).
Son aquellos que decidieron seguir viviendo en la ciudad inundada, ya
sea en la cima de los pocos edificios que sobresalían del agua o en
casas flotantes. Esa Venecia de poca monta se deshizo rápidamente,
no sólo por las incomodidades extremas que planteaba, sino porque ya
no era lo mismo: ¿Se puede vivir en la city porteña sin el ruido de
los autos, sin los cortes de ruta, sin el miedo a ser asaltado en
cualquier esquina, sin un tipo en la vereda que repite hasta el
infinito la palabra "cambio"? Era patético ver a los
porteñovenecianos formar fila en canoa sobre la 9 de Julio,
simulando un embotellamiento, puteándose a los gritos, cada vez con
menos entusiasmo. Al final comprendían que no era lo mismo y se
unían al campamento errante de los ortodoxos.
Las ruinas de la ciudad quedaron libradas a los buscadores de
tesoros. Se hablaba de riquezas fabulosas, joyas, ídolos de oro
macizo, tecnologías perdidas. De lo que nunca se habló fue de
drenar la ciudad. El Gobierno Nacional, recién trasladado a Viedma,
consideró innecesaria la restauración de la Ciudad Laureada
Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria
Antediluviana. El presupuesto necesario era prohibitivo. Además
había problemas más graves, como el bloqueo comercial
internacional. Varias multinacionales perdieron millones en la
inundación, por lo que exigían una compensación. El presidente
Hipólito Concha terminó repartiendo la provincia de Formosa entre
multinacionales y países del primer mundo. Aún se debate el por qué
esta medida no generó la menor indignación en el pueblo argentino.
En el conurbano comenzó a idealizarse la Ciudad Laureada Autónoma
de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria
Antediluviana Sagrada. Los más nostálgicos recordaban sus dos horas
de viaje en colectivo para trabajar todos los días en una urbe
maravillosa, llena de lugares exóticos y gente de refinada
educación. Los relatos de los buscadores de tesoros tienden a
favorecer y exagerar estas proyecciones. Otros empiezan a confundirse
algunos hechos. Están convencidos de que Sarmiento fue presidente
poco antes del Gran Inconveniente Lacustre, que el jefe de gobierno
porteño se recubría de oro todos los años en un ritual en la
Costanera, que Juan Salvo fue un héroe real, líder de la
resistencia contra una invasión extranjera un día que cayó mucha
nieve (porque obviamente nevaba seguido en la ciudad). La General Paz
es un carnaval inexplicable: monumentos, velas, guias turísticos,
puestos de bondiola, procesiones religiosas que recorren la avenida
de punta a punta, fanáticos religiosos rezándole a una ciudad
inundada que algún día renacerá para salvar al país, fanáticos
religiosos puteando a los gritos a una ciudad pecadora que fue
castigada por Dios, fanáticos religiosos rezadores agarrándose a
las piñas con fanáticos religiosos puteadores y obligando a que
intervengan fanáticos religiosos conciliadores.
Hace rato se han confundido los tiempos y se han perdido las
cronologías. Las tradiciones orales inventaron un pasado fabuloso y
anacrónico que lentamente empieza a desplazar al pasado real. Hoy es
seguro que el profesor Tacorta fue ministro del emperador Ñam Fri
Fruli Fali Fru durante la gran inundación (aún se discute si la
teresana o la porteña). Está comprobado que las invasiones inglesas
intentaron tomar la ciudad de Teresa a lomos de gliptodontes pero
fueron repelidas por piqueteros. ¿A alguien le queda alguna duda de
que Perón lideró a los gauchos contra la invasión de los
Fititosaurus? ¿Qué bruto sería capaz de negar hechos científicos
tan comprobados como las murallas de oro sólido de Buenos Aires o el
matrimonio entre José de San Martin y Rodolfo Sunga? ¡Ni hablar del
proyecto espacial de Bartolomé Mitre, mediante el cual se envió el
primer choripán al espacio!
¿Quién dijo que Teresa murió? ¡La cultura de mis ancestros está
más viva que nunca! ¡Nuestro pasado no es menos heroico que el de
cualquier país europeo! ¡Puede que las demás naciones nos hayan
dado la espalda, que el país esté en recesión, que sobrevivamos
con las pocas joyas que se desentierran en el conurbano, que estemos
a nada de entregar Misiones por un inconveniente con Coca Cola, que
siete de las demás provincias amenacen con emanciparse, que el
pueblo sería más productivo si los trabajadores no abandonaran sus
empleos en masa para desenterrar gliptodontes de oro en Avellaneda, o
si los terratenientes no acapararan el 80% del territorio para
excavaciones privadas (incluso en terrenos tan ridículamente lejanos
como Santa Cruz, la provincia más austral), o puede que viviríamos
más tranquilos si la NASA no hubiera descubierto un meteorito en
dirección a la Tierra que tiene altas probabilidades de estrellarse
junto al Río de La Plata, pero LA capital del país sigue viva!
Aguarda su renacimiento, porque sabe que la próxima vez sí va a
funcionar, que los países del primer mundo se le cagan de risa en la
cara por miedo. De sus entrañas nacerá una superpotencia capaz de
hacer temblar al mundo entero, porque ese es el inevitable destino de
la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana
Enterrada Legendaria Autónoma Sagrada Autónoma Victoriosa
Odontológica Sindicalista…