‒… Y esa es la
consigna de hoy. Los dejo resolverla; pueden preguntarme lo que no entiendan.
‒Profe, ¿cómo se llamaba el cuento?
‒Continuidad de los parques.
Listo: la parte más trabajosa de la
clase ya está hecha. Ahora sólo debo recostarme frente a mi escritorio, fingir
que corrijo o que preparo tareas o que resuelvo complicados e ininteligibles
papeles de docente. Pero en realidad me afano en mi diario. Escribo porque
siento, pero lo que siento ahora (y en cada instante dentro del aula) es miedo.
Resultó ser una buena idea escribir mis sentimientos, desahogar en el papel el
terror que me desarma, crear un muro dentro de la misma docencia donde ella no
existe, donde me gano el sueldo sin esfuerzos extra. Tal vez podría continuar
escribiendo aquel cuento o intentar un poema. Podría…
Profe.
No entendí la uno. Bueno, vos tenés
que pensar por qué lee el protagonista. Vos ¿para qué leés esto? ¿Por
diversión? ¿Por obligación? ¿Por aburrimiento? ¿Para quedar bien con alguien?
¿Para escaparte de la realidad? ¿Para qué? Él se sienta en ese sillón a leer,
intenta concentrarse en algo, escaparse de algo, leer para algo… ¿Para qué lee?
Y al final ¿consigue eso que buscaba al leer? No sé si queda más claro. Sí:
gracias, profe.
¡Qué cagazo tenía en las primeras
clases! No dejaba de preguntarme para qué me metí en esto. Fue este diario lo
que me salvó; la primera vez escribí tres hojas enteras apenas volví a casa.
Aunque a veces me pregunto por qué sigo escribiendo si el mayor susto ya pasó;
ahora sólo me queda un miedo cada vez más debilitado por la rutina. Bien podría
leer un libro, total estoy dando un ejemplo como lector, y dejar la escritura
creativa para la comodidad de mi hogar. O podría tan sólo preparar clases hasta
que suene el timbre: restringir las obligaciones laborales a su propio límite
para que no invadan mis horas de ocio. Por cierto, este sábado podría salir a…
Profe.
En la dos tenés que pensar al menos
dos interpretaciones posibles para el final. Viste que no queda claro cómo
termina. ¿Vos cómo lo interpretaste? Sí, ese está bien. Ahora deberías pensar
otra interpretación, tal vez una más realista.
¿Y por qué me metí en este trabajo en
primer lugar? Era lo mejor que tenía a mano, lo sé, pero ¿había algo más? Tuve
profes en la secundaria a los que recuerdo con mucho cariño. De hecho, la
primera vez que leí “Continuidad de los parques” fue con la profesora Castillo
y me produjo…
Profe.
Tu respuesta no está mal pero la idea
es que uses más tus palabras y no copies tal cual del cuento.
Están respondiendo bien la uno. Creía
que les iba a costar más.
Profe.
En la uno, vos tenés que…
Profe...
PROFE.
Profe, terminé.
Dos respuestas excelentes y una alumna
que nunca me pidió ayuda. Sabía que era inteligente pero esto… Su
interpretación del final jamás se me habría ocurrido.
Tomá, Camila: ya lo corregí. Están muy
buenas tus respuestas.
‒Gracias. Me gustó mucho el cuento.
¿Cuándo fue la última vez que un
alumno…? Me recuerda a mí mismo en la secundaria, sólo que era más taciturno y
jamás hubiera sido tan honesto con un docente, ni siquiera con Castillo.
Debería preparar la clase de la semana que viene o continuar mi diario o
escribir cualquier cosa, pero no dejo de pensar en las respuestas de Camila y
en aquella lejana clase con otra profesora de literatura, cuyo cuento también
me cautivó pero nunca se lo dije.
Aún queda media hora de clases. Creo
que ya escribí bastante.
Me levanto de la silla, casi siento
ganas de tirarla contra la pared, como buscando derrumbarla.
‒¿Saben qué? Vamos a hacer una puesta
en común en el pizarrón. Ahora quiero que alguien me responda, aunque dude,
aunque tenga miedo, aunque diga un disparate o aunque no me guste la respuesta:
¿para qué lee el personaje?
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