martes, 23 de diciembre de 2025

La Cultura Soretiense

 

El descubrimiento fue gradual. Los investigadores científicos y los buscadores de chatarra se sumergieron durante décadas en las aguas del Río de la Plata, hallando fierros viejos los primeros y datos empíricos los segundos. Pero todos encontraban algo más por accidente: piedras de formas raras, piezas metálicas inusuales, huesos fosilizados, pilares mugrientos enterrados en el barro y la sensación de que acá anduvo gente. No fue hasta el descubrimiento del profesor Tacorta que se despertó el interés científico. El doctor Juan Luis Tacorta (popularmente conocido como el Profesor Juancho) encontró un largo y grueso sarcófago de bronce en el lecho del río.

Dentro del ataúd había un esqueleto, un casco o corona de plata, restos de objetos indescifrables y jeroglíficos de un idioma desconocido. El difunto fue nombrado Ñam Fri Fruli Fali Fru, en honor a la canción que tarareaba Juancho cuando lo encontró. Vivió hace diez mil años; pertenecía a una cultura muy avanzada para su época. La llamaron "Cultura Soretiense", ya que junto al sarcófago encontraron muchos desechos humanos, resabios de las aguas cloacales porteñas.

La comunidad científica tenía demasiadas preguntas: ¿Cómo era la cultura soretiense? ¿Hasta dónde se extendió? ¿Cómo desapareció? ¿Cómo desarrollaron una escritura compleja y manejaron el bronce siglos antes que el resto de la humanidad? ¿Por qué las culturas de la zona no heredaron su tecnología? ¿Qué otros misterios ocultaban los soretienses? Y sobre todo ¿dónde podrían excavar que no sea en el cementerio de heces donde hallaron el sarcófago?

Afortunadamente los restos arqueológicos abarcaban más terreno. Se pudieron encontrar piezas enterradas en gran parte del lecho oeste del río: algunos ataúdes, puntas de flechas, tablillas, muchas bombillas de acero que ponían de cabeza nuestra concepción de: la historia, propagación, aceptación, degustación, admiración, confesión y un poco de tradición pero no tradición en tanto gauchos pegándole a un caballo sino como método de los pueblos para perpetuarse en las costumbres de sus sucesores sin importar si es una costumbre virtuosa o un trauma colectivo que se arrastra de padres a hijos y debe ser erradicado pero en este caso es costumbre virtuosa porque aguante esa infusión que yo la tomo dulce y con yuyos aunque los maricones ortodoxos digan que debe ser amargo, del mate.

Las excavaciones en tierra firme se volvieron imprescindibles. La ciudad de Buenos Aires (que, para celebrar el hallazgo, cambió su nombre a "Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires") autorizó excavaciones en sitios estratégicos, priorizando a los arqueólogos de las universidades extranjeras y los sitios menos relevantes, como los parques públicos o los barrios de clase media. Los investigadores de Harvard encontraron restos de un edificio ceremonial en las profundidades de la Reserva Ecológica Costanera Sur. Uno de sus muros conservaba en relieve el mapa de una ciudad avanzada, a la que dieron en llamar Teresa. Arqueólogos de Oxford hallaron unos pocos objetos de oro y piedras preciosas excavando en la plaza del Congreso. Investigadores de Toronto hallaron los restos de una muralla en el patio de una familia de Caballito. Profesionales de la UBA encontraron lo que podría ser una punta de lanza en la frontera entre Quilmes y Florencio Varela.

A medida que aumentaban las excavaciones terrestres, la exploración del lecho del río fue disminuyendo hasta casi desaparecer. Sólo los cazadores de tesoros siguieron sumergiéndose, mientras en tierra los descubrimientos se multiplicaban. Los hallazgos eran tantos que parecía inadmisible no haber descubierto antes la civilización soretiense. Hasta que la verdad salió a la luz: existía una antigua conspiración para ocultar el registro arqueológico. Varios periodistas perdieron la vida intentando indagar donde no debían, hasta que el escritor Rodolfo Sunga logró entrevistar a un miembro de la R.O.C.H.A (Resarpada Organización Conservadora del Hallazgo Argentino). Transcribimos algunos fragmentos de la entrevista:


(...) El sujeto en cuestión me aguarda en una esquina. Un impreciso brillo en sus ojos es lo único que delata su condición de sectario. El resto de su aspecto es la perfecta estampa de un krusty (nota del editor: los krustys fueron una tribu urbana característica de los barrios marginales. Sus miembros usaban ropa deportiva, visera, pelo verde, rostro maquillado de blanco y una jerga propia, donde abusaban de las variantes más obscenas del dialecto Post Villero Neo Querandí). Durante nuestro diálogo mantendrá un tono académico digno de una eminencia, tono que intercalará con expresiones krustys ante la cercanía de cualquier transeúnte. En esos instantes hasta su gestualidad corporal será otra, en una camaleónica danza tan natural en él como la respiración lo es para el resto de los mortales. Se hace llamar "El Poronga Gutiérrez".

EL PORONGA: Deponga su miedo, mi estimado. Si La Organización tuviera algo en su contra, usted se habría percatado de ello mucho tiempo ha.

YO, O SEA RODOLFO, RODOLFO SUNGA, EL PERIODISTA. DEJÉMOSLO EN ENTREVISTADOR. EMPECEMOS DE NUEVO. EL ENTREVISTADOR: No estoy nervioso. (...) ¿Entonces su organización lo supo desde siempre?

EL PORONGA: Los habitantes nativos empleaban el término Huinca Sorongo (podemos traducirlo como "Ancestros de los que nada sabemos") para referirse a los objetos antiguos que desenterraban en la pampa húmeda. En sus tradiciones orales no había registros de esa cultura por ustedes denominada soretiense, por nosotros conocida como El Hallazgo. (...) La Organización se fundó en 1537, a espaldas de Pedro de Mendoza. Sus miembros se fugaron de la hambrienta ciudad y se mimetizaron con los querandíes. (...) Para cuando los españoles volvieron en 1580, La Organización era una cofradía de mestizos que había reclamado cuanto objeto sospechoso hubiera en la superficie. El Hallazgo era propiedad nuestra y sus reliquias fueron vendidas para financiar nuestros intereses, es decir, los de La Patria. (…) Durante siglos nos hemos ocultado bajo austeras fachadas. Mis antecesores simularon ser gauchos ebrios de ginebra y de coraje, villeros sumidos en las más bajas capas de la marginalidad, guapos altivos que sembraron de tangos las madrugadas porteñas, hippies que soñaban con trascender… ¡Y entonces le enchufé un lametierra en toda la jeta! ¡Pa' que aprenda por culotibio! (Un anciano pasó cerca nuestro. El Poronga tiró golpes al aire para enfatizar su anécdota. Yo lo ayudé a patear un rival invisible para disimular, creo que exageré. El jubilado nos vio al pasar; lo oí murmurar "Negros de mierda... Hay que matarlos a todos". Cuando yo no quedó un viejo hijo de re mil puta ante el cual fingir, el Poronga retomó el hilo como si nada hubiera pasado) …los límites de la percepción. (…) Los medios nos difaman porque sólo les importa el escándalo. Nos han acusado de financiar cuanta guerra, complot e imperio han acaecido en el mundo.

ENTREVISTADOR: Pero los documentos desclasificados vinculan la R.O.C.H.A con la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la caída de Atari...

EL PORONGA: Nuestro destino ha estado unido al de la Argentina desde el comienzo. Ahí comienza y acaba nuestro interés. (Sacó del bolsillo una artesanía: un pequeño armadillo dorado). Contemple: es un gliptodonte de oro sólido. Los milenios se acumulan en su superficie. Especulamos que el pueblo del Hallazgo convivió con estos especímenes. O tal vez sólo adoraban sus restos fósiles. Lo único indudable es que reproducían su imagen incansablemente en estatuillas áureas. Joyas como esta se hallaban por toda la zona con sólo excavar unos centímetros. Así fue hasta mediados del siglo XX. (...)

ENTREVISTADOR: ¿Me está diciendo que la economía argentina siempre dependió de la venta de estas joyas?

EL PORONGA: La superficie es un teatro montado por los políticos y empresarios, los únicos que creen esa farsa. Las épocas de esplendor y crisis provienen directamente del mercado negro de joyas. Cuando encuentran una gran veta de joyería, la Argentina crece y viva el presidente ingenuo que trae prosperidad. Pero cuando escasean las joyas es el crujir de dientes, las gomas quemadas, el McDonald's del obelisco y ¡Mamita! ¡Qué zanja pa hundir el travesaño! ¡Linda huerta pa enterrar el enano! (El Poronga le grita varias obscenidades más a una mujer joven que acaba de pasar y cuyo culo es ciertamente notable) (Nota del editor: confirmo. Yo estaba espiando y un upite como ese no se ve todos los días). (...) Por eso lo hemos llamado. Necesitamos un testigo de nuestra verdad y nuestra tragedia. Actualmente disponemos de varios túneles secretos para la búsqueda de piezas arqueológicas. Verá por usted mismo cuán poco fértil en riquezas se ha vuelto esta tierra. Ahora sígame la corriente (comenzamos a caminar por una calle transitada, cantando una canción de moda, tan famosa como obscena):


Cuando llego al baile

arrastrando la anaconda...

me dicen el destapacaños.

Vení que te rompo,

vení que te escupo.

¡A tu hermana le gusta!


(yo lo sigo, hago coro, imito sus ademanes. No puedo evitar ser invadido por una felicidad salvaje. Al rato soy yo quien más enfatiza la canción)


El resto de la entrevista describe cómo Rodolfo y el Poronga ingresan a un túnel secreto en la estación Uruguay del subte. Llegan a una excavación donde varios linyeras buscan joyas. El relato termina con la despedida del Poronga. No se volvió a saber de Rodolfo Sunga tras la elaboración de su informe. Al día siguiente el Poronga lo llevaría a otra mina más grande bajo el parque Rivadavia.

Desde entonces, muchos aseguran haber visto a Rodolfo en distintos lugares de la ciudad: vestido como un krusty, fumando porro en una esquina, pateando gatos, pidiendo plata a los transeúntes asustados en la noche. Algunos dicen que ascendió a un alto cargo en La Organización, hasta se rumorea que era el líder. Hay quienes sostienen que se infiltró en la R.O.C.H.A para realizar la investigación periodística más ambiciosa de su carrera. Al día de hoy se siguen buscando sus presuntas crónicas de krusty. El único hecho indiscutible es su muerte, siete años después, en un tiroteo subterráneo donde una célula de krustys intentaba usurpar un yacimiento de espadas broncíneas de hace 14.000 años.

Hoy varias escuelas llevan el nombre de Rodolfo Sunga. Su obra literaria es analizada en las universidades. El día de su muerte se celebra el “Día del Periodista que Comprometió Demasiado con su Labor en vez de Quedarse en Casa Mirando Netflix”. Es famosa su estatua en el túnel bajo la 9 de Julio. Vándalos anónimos la maquillan regularmente como un krusty a modo de burla. Otros vándalos la maquillan como un krusty a modo de homenaje. Aún se discute cuáles vándalos son cuáles.


Los arqueólogos siguieron avanzando. Se descubrió que la ciudad de Teresa fue abandonada hace unos siete mil años, al final de la última glaciación. El deshielo inundó la zona, creando el Río de La Plata. Los últimos siglos antes de la inundación fueron de crisis. La población habría sufrido invasiones frecuentes, aparentemente de varias tribus aledañas. Los incendios también abundaron; aún se debate si fueron provocados por los ejércitos enemigos, por el clima, por una deficiente estructura de las casas o una combinación de varios factores. Quizás traída por los extranjeros, una peste se expandió por la ciudad, causando una mortandad que se calcula de entre el treinta y el cincuenta por ciento de la población. Se debate qué enfermedad causó tal desastre; la conclusión más aceptada es que fue un virus hipotético hoy extinto, al que se bautizó Soretovirus Tereso. Probablemente como consecuencia de la enfermedad y las malas cosechas, los tereseanos recurrieron al canibalismo durante las últimas décadas antes de la inundación. No hay un solo esqueleto de esos años que no muestre huellas de cortes con cuchillos. Algunos huesos fueron tallados para convertirlos en escarbadientes, lo que evidencia hasta qué punto estaba normalizado el consumo de carne humana. Tales crueldades se terminaron con la inundación. Pero esto genera un debate: si se inundó la parte baja de la ciudad (hoy el lecho del río), ¿por qué también abandonaron la zona alta (hoy la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense)? Años después se encontrarían indicios de un meteorito bajo la Avenida Corrientes (luego se supo que el meteorito fue vendido por la R.O.C.H.A hacía décadas). Las fechas cerraban. Poco después de la inundación, una roca metálica de 100 metros cayó sobre lo que quedaba de Teresa. Los escasos supervivientes se dispersaron en tribus cercanas y con ellos se diluyó la cultura soretiense.

Las excavaciones del presente no fueron menos caóticas que el pasado que intentaban revelar. Los pozos eran cada vez más profundos. Manzanas enteras fueron sacrificadas, el subte línea E fue clausurado, los bosques de Palermo parecían campos de batallas, la Reserva Ecológica Costanera Sur era un gigantesco cráter donde pululaban los explotados estudiantes de Arqueología. Se pusieron de moda las excavaciones independientes: desde pequeñas empresas hasta propietarios que arruinaban su patio en busca de un algo soretiense que los vuelva millonarios. Era más rentable encontrar dos joyas polvorientas que dedicarse toda la vida a un trabajo. Aún se discute si esto se debía a la alta calidad de las artesanías soretienses o a las precarias condiciones laborales en la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana.

La R.O.C.H.A no podía quedarse indiferente cuando tantos desconocidos se apoderaban de un patrimonio que consideraban suyo. Las intimidaciones a los arquelógos se convirtieron en boicots, luego devinieron en palizas, hasta llegar al enfrentamiento armado. El estudiante escocés Phill A. Schikas fue la primera víctima de una escalada de violencia que obligó a la gendarmería a vigilar las excavaciones y a los arqueológos a portar armas. Los tiroteos subterráneos se volvieron frecuentes en una zona que parecía estar fuera de la ley. Los medios bautizaron el conflicto como "el Profundo Oeste del Río de La Plata".

Los pozos de las excavaciones ya tenían decenas de metros de profundidad, muchos de ellos interconectados por túneles que convertían al Profundo Oeste en un subte paralelo consagrado a los tiroteos entre arqueólogos y contrabandistas. Los más osados se mudaron al subsuelo, ya sea para custodiar una veta de joyas o por la dificultad para alquilar en la superficie. Hacerse propietario era tan fácil como excavar un agujero lateral en un túnel y armar una cueva o carpa o casilla. Mucha gente eligió esa vida a pesar de los peligros que implicaba; se popularizó llamarlos vizcachas. Al principio abundaban los linyeras y desesperados. Pero de a poco empezaron a llegar trabajadores que subían a laburar durante el día y volvían por la tarde a su agujero.

Para ese entonces, los arqueólogos encontraron restos de megafauna de diez mil años. Se comprobó que los soretienses habían tenido contacto con perezosos gigantes, mastodontes y gliptodontes, entre otros. Pero los nuevos descubrimos fueron más allá: había evidencia sólida de que los soretienses domesticaron algunas de estas criaturas. Megaterios enterrados con su silla de montar, restos de corrales de gliptodontes, estatuas de guerreros montados en perezosos, son algunas de las pruebas que asombraron a los científicos. Pero nada los asombró más que las Mega Invasiones. Durante al menos mil años la ciudad fue atacada periódicamente por manadas de fieras tales como leones, elefantes o tigres dientes de sable. Los combates de esas bestias contra los hombres montados en perezosos debieron ser espectaculares, a juzgar por la cantidad de armas rotas, huesos triturados y estatuillas conmemorativas de plata.

Las excavaciones ya eran monumentales. Cada campamento arqueológico era una mini Ciudad Estado, con su mini ejército, sus mini reglas y sus mini combates a muerte contra las mini bandas de la R.O.C.H.A. Entre tiroteo y tiroteo ocasionalmente se excavaba. Al llegar a los estratos de hace 50.000 años se hizo quizás el descubrimiento más asombroso, aún más asombroso que la comprobación de que la ciudad existía desde hace cincuenta milenios, reescribiendo por centésima vez los libros de Historia: había dinosaurios.

Se encontraron huesos bien conservados de una nueva especie de terápodo carnívoro, especie que por algún motivo desconocido no evolucionó a ave como el resto de dinosaurios modernos. Su tamaño era equivalente al de un Peugeot 600, motivo por el cual lo bautizaron Fititosaurus Rioplatensis. Los soretienses lucharon contra los Fititosaurus durante milenios. Las invasiones de esos reptiles fueron aún más violentas que las de los mamíferos. La ciudad debió ser reconstruida en varias ocasiones, con murallas más grandes cada vez. Se teoriza que la necesidad de defensa contra los dinosaurios fue lo que impulsó el salto tecnológico soretiense. Para derrotar semejantes invasores, los tereseanos contaban con un arma inaudita. Se la llamó Bazuca de San Rudecindo, en honor al santo en cuyo día fue descubierta. Consistían en cilindros metálicos portátiles de un metro sesenta que disparaban fuego. Las bazucas halladas ya no eran operables, aunque conservaban parte de su compleja maquinaria casi intacta. A juzgar por los grabados en piedra, de ellas emergían explosiones de llamas que podían calcinar a varios Fititosaurus de un golpe. El secreto de esta tecnología se perdió hace aproximadamente 30.000 años. Vanos fueron los intentos de recrearla en la actualidad. Se sospecha que el combustible incluía petróleo, azufre y orina de gliptodonte. Los experimentos con meo de tatú carreta parecen confirmar esa teoría.

En el presente la mitad de la habitantes de la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada ya vivían en el subsuelo. Las principales instituciones y empresas se mudaron bajo tierra. Se construyeron rascacielos a la inversa, llamados rascasuelos. Las redes de túneles se convirtieron en varias capas apiladas una sobre otra. Los excavadores y contrabandistas se localizaban en los estratos más bajos y en los más periféricos. Una vez que vaciaban los recursos, seguían escarbando y la población se adueñaba de los túneles dejados atrás. Los automóviles y las calles sobrevivían en la superficie, rodeados por un número cada vez mayor de edificios abandonados. Se improvisaron ingeniosos acueductos para que la lluvia no inunde los túneles sino que llene las reservas de agua de los subciudadadanos. Servicios tales como la luz eléctrica y el gas comenzaron a expandirse terreno abajo. Los registros de la época dan cuenta de las complicaciones de esta vida terrestre:


Fragmentos del libro "Crónica de los que hicieron un agujero y se metieron dentro", donde el sociólogo Santiago A. Vecesyora describe la vida en los subbarrios a través de la rutina de sus vecinos, sin sacar ninguna conclusión al respecto, excepto por un "Qué barbaridad" en la última página:

Esteban. 22 años. Ayudante de cocina. Su residencia es una caverna con apenas espacio para una cama, una mesa, una PC gamer y un baño consistente en un balde que desagota todas las mañanas en un pozo que prefiere ignorar dónde desemboca. Su puerta es una tarima que colocó en la boca de la cueva. Su cerradura es una cadena con candado. Por la mañana sube a su trabajo trepando por una de las numerosas escaleras de mano que adornan los túneles. "Yo me mudé porque era gratis y estaba cerca del restaurante. Le cambié la cueva a un ciruja por una botella de vino. (...) El lugar es muy húmedo, sucio y lleno de ratas, pero es mi laburo".

Hilario. 78 años. Jubilado con la mínima. Se mudó a un agujero de 3x3 bajo Villa Soldati cuando tuvo que elegir entre comprar los remedios o pagar el alquiler. Su condición física ya no le permite subir a la superficie para ver a sus nietos, debiendo resignarse a la visita anual de sus hijos. Su barrio es territorio de guerra entre la R.O.C.H.A y los arqueólogos de la Universidad de Delhi. Su principal entretenimiento es sentarse en una silla frente a su cueva y ver pasar gente armada. En su entrevista emitió un largo y sentido discurso sobre cómo los jubilados son ignorados y etcétera.

Sonia. 29 años. Nahuel. 23 años. Dos hermanos que comparten un hueco del tamaño de un monoambiente. Se turnan para cuidar la casa, ya que no hay cerradura. De día Sonia es profesora de Literatura en escuelas secundarias. De noche Nahuel se dedica al pillaje. Ocasionalmente incursiona en los campamentos de arqueología y las bases de la R.O.C.H.A, pero su principal fuente de ingresos es el saqueo de cuerpos en las batallas entre ambas facciones. "Cuando vuelve del trabajo me cuenta historias terribles. Nadie debería vivir algo así. Esos alumnos son unos salvajes".

Patricio. 45 años. Al preguntarle su profesión respondió "Argentino de bien". Se mudó al subsuelo para no pagar impuestos. "No te voy a mentir: estaba mejor en mi chalet en Recoleta. Pero al menos ahora no estoy manteniendo vagos de mierda" dice mientras le raspa el queso a unas cajas de pizza que se encontró en los túneles. "Ahora soy mi propio jefe. Es más: soy mi propio inquilino". Al pronunciar esa última frase sonríe satisfecho, como si fuera (y probablemente lo sea) la frase más ingeniosa que se le ocurrió en la vida. Patricio exigió leer el borrador y prohibió terminantemente que publiquemos la anterior observación.

Eduardo. 40 años. Delegado sindical (no dijo de qué gremio, o eso creo). Su entrevista fue la más larga e, irónicamente, la que menos información proporcionó. Trascribo unos fragmentos:


ENTREVISTADOR: ¿Hace mucho que vive acá?

EDUARDO: Compañero, vivo acá abajo igual que millones de laburantes avasallados por la clase burguesa que explota los (...)

ENTREVISTADOR: ¿Por qué decidió mudarse?

EDUARDO: Por la crisis económica, compañero, la misma que deberían pagar los capitalistas, esos que acaparan la plusvalía en (...)

ENTREVISTADOR: Linda mochila que tiene.

EDUARDO: Sí, es un recuerdo de Salta. Fui muchas veces a Salta. Esta mochila la compré cuando fui con mi hermana y mi cuñado. Recuerdo que fuimos a Cafayate y encontramos un puesto de recuerdos muy lindo. Nos hizo recordar que esa tierra ha sido históricamente saqueada por la perfidia del capital, azote de los pueblos, quienes, compañero, algún día se unirán contra los poderosos que (...)

Mientras habla comparte con el entrevistador un mate artesanal que milita por una causa popular y nacional, la cual defiende los derechos del proletariado y de la Patria Grande y se concentrará el jueves a las 16:00 en Plaza de Mayo, tanto en la superficie como en el subsuelo.

Cuando se le preguntó por el iPhone que usaba, el entrevistado se limitó a recitar "El Capital" de Carl Marx de memoria, intercalando una muletilla en momentos aleatorios. Habiendo pasado media hora, el entrevistador se retiró, sin que su interlocutor se detenga o se dé por enterado. A varios metros de distancia aún se podía oír a Eduardo: "En la propia relación de intercambio de las mercancías, compañero, su valor de cambio se nos aparece como algo totalmente independiente de sus valores de uso, compañero..."


Los avances en el idioma tereseano eran cada vez más prometedores. La construcción comparativa a partir de dialectos nativos cercanos y el desciframiento de los jeroglíficos prometían revelarnos los nombres soretienses, sus relatos, sus grandes secretos. Al fin sabríamos cómo usar las bazucas de San Rudecindo, cómo domesticar cualquier animal salvaje, cómo fabricar las murallas tereseanas (cuya resistencia y economía de recursos asombraban a los arquitectos modernos). Los más optimistas hablaban de la cura para enfermedades mortales o del secreto para convertir a Argentina en un imperio. Pero la tarea no era fácil. El idioma era más complejo de lo esperado y fue cambiando con los siglos. La ciudad, por ejemplo, tuvo varios nombres: Sondatur, Ruevedeono, Tipusas... El nombre que más duró (y el que tenía cuando el meteorito acabó con ella) fue el de Fortatritas. En el idioma tereseano postclásico significa “Ciudad Humedecida por la Orina de Numerosos Elefantes”. Pero Teresa y Soretiense ya estaban tan instalados que nadie se planteó cambiar esos nombres. También se supo que Ñam Fri Fruli Fali Fru fue un rey: Lupersógico III. Su reinado fue efímero, por ello fue enterrado en las zonas bajas. Los grandes reyes eran sepultados en sarcófagos de oro en el Cementerio de los Dioses, territorio bajo Villa Crespo que fue saqueado por la R.O.C.H.A durante la primera presidencia de Julio Argentino Roca.

Antes de que el Gran Inconveniente Lacustre los interrumpiera, los lingüistas habían descifrado los nombres de reyes, barrios, divinidades, la descripción de algunas costumbres (como la de escupir para arriba en los casamientos o la fiesta en honor a la diosa del adulterio) y algunos relatos mitológicos.


La leyenda mejor restaurada es la de la creación del mate. Cuentan que el dios Marareche creó esta infusión para que el ser humano la beba y se vuelva inteligente. Al comienzo el mate se cebaba con pasto pero eso volvía malvada a la gente y disgustaba al dios. Así que envió al héroe Chupamate (nombre provisional; esa parte de la tablilla estaba rota) a tierras lejanas en busca de una hierba sagrada. Por el camino, enfrentó a un demonio de un millón de cabezas, a un lagarto gigante y a un monstruo líquido que se metió en su boca y poseyó su cuerpo. Chupamate lo expulsó con una fuerza de voluntad sobrehumana. Entre los historiadores predomina la teoría evemerista, según la cual el viaje ocurrió realmente pero fue exagerado, ya sea por la tradición oral o por el propio Chupamate al regresar. Esta teoría propone que la hierba sagrada era la yerba mate, la tierra lejana era Misiones, el monstruo del millón de cabezas eran nubes de mosquitos, el lagarto era un simple yacaré y el monstruo líquido era una diarrea que Chupamate cotrajo por comer frutas en mal estado.

Los soretienses creían que el mate era una herramienta divina para alcanzar un estadio superior. Según la leyenda, quien logre cebar un mate perfecto se ganará el cielo o alcanzará la paz interior o se ganará un 20% de descuento en comercios adheridos (el vocablo teresiano "Chajarasca" se presta a múltiples interpretaciones).


El Gran Inconveniente Lacustre fue el fin para la arquelogía soretiense y para la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria.

No se sabe cómo empezó el desastre. Algunos sugieren que los investigadores de la Universidad de Bádminton excavaron demasiado al este por error. Otros proponen que los culpables son los linyeras vizcachas que intentaban abrir un hueco donde dormir. Los más conspirativos culpan a la R.O.C.H.A, que lo habría hecho a propósito como venganza por perder el monopolio de las joyas subterráneas. Lo cierto es que, en un día fatal, la red de túneles llegó directamente hasta el río. Todo el subsuelo se inundó en tiempo récord, los muertos se contaron por millones, la mayoría de estructuras que aún permanecían en la superficie terminaron de desmoronarse. Lo que antes fuera capital de un país ahora era un lago salpicado de rascacielos en ruinas.

Los historiadores dividen a los porteños sobrevivientes en ortodoxos y heterodoxos.

Los heterodoxos se mudaron a otras localidades, mayormente al conurbano. Casas de familiares, usurpaciones, debajo de los puentes... Los porteños sobrevivían donde podían. Se formaron villas de porteños. La más famosa y marginal es Villa Frank Sinatra, en Berazategui. Sin importar dónde, los porteños eran discriminados. Se los acusaba de quitar trabajos, de ser ladrones, de putear demasiado en las calles, de abrir horrendos restaurantes snob. Quizás tanto desprecio sólo fuera una venganza hacia quienes algún día manejaran el destino del país.

En cambio, los porteños ortodoxos no consintieron en volverse meros bonaerenses. Donde quiera que se instalaban se sentían inconformes y volvían a mudarse. Comenzaron una vida nómada. Intentaron preservar sus costumbres, sus recuerdos de la ciudad perdida, su orgullo de descendientes tereseanos. Muchos heterodoxos arrepentidos se les unieron, cansados de la discriminación. Desde entonces vagan por el país buscando un lugar digno donde construir un nuevo obelisco y fundar la Nueva Buenos Aires. A fecha de elaboración de este informe, han instalado su campamento en las inmediaciones de Purmamarca. Ya se reportan fricciones con los locales. Porque los porteños insisten en que sólo ellos son verdaderamente jujeños y que el Cerro de los Siete Colores no es nada comparado a La Boca, en cuyas casas había más de siete colores.

El historiador José Losabía propone una tercera categoría efímera: los porteños negacionistas (también llamados porteñovenecianos). Son aquellos que decidieron seguir viviendo en la ciudad inundada, ya sea en la cima de los pocos edificios que sobresalían del agua o en casas flotantes. Esa Venecia de poca monta se deshizo rápidamente, no sólo por las incomodidades extremas que planteaba, sino porque ya no era lo mismo: ¿Se puede vivir en la city porteña sin el ruido de los autos, sin los cortes de ruta, sin el miedo a ser asaltado en cualquier esquina, sin un tipo en la vereda que repite hasta el infinito la palabra "cambio"? Era patético ver a los porteñovenecianos formar fila en canoa sobre la 9 de Julio, simulando un embotellamiento, puteándose a los gritos, cada vez con menos entusiasmo. Al final comprendían que no era lo mismo y se unían al campamento errante de los ortodoxos.

Las ruinas de la ciudad quedaron libradas a los buscadores de tesoros. Se hablaba de riquezas fabulosas, joyas, ídolos de oro macizo, tecnologías perdidas. De lo que nunca se habló fue de drenar la ciudad. El Gobierno Nacional, recién trasladado a Viedma, consideró innecesaria la restauración de la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria Antediluviana. El presupuesto necesario era prohibitivo. Además había problemas más graves, como el bloqueo comercial internacional. Varias multinacionales perdieron millones en la inundación, por lo que exigían una compensación. El presidente Hipólito Concha terminó repartiendo la provincia de Formosa entre multinacionales y países del primer mundo. Aún se debate el por qué esta medida no generó la menor indignación en el pueblo argentino.

En el conurbano comenzó a idealizarse la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria Antediluviana Sagrada. Los más nostálgicos recordaban sus dos horas de viaje en colectivo para trabajar todos los días en una urbe maravillosa, llena de lugares exóticos y gente de refinada educación. Los relatos de los buscadores de tesoros tienden a favorecer y exagerar estas proyecciones. Otros empiezan a confundirse algunos hechos. Están convencidos de que Sarmiento fue presidente poco antes del Gran Inconveniente Lacustre, que el jefe de gobierno porteño se recubría de oro todos los años en un ritual en la Costanera, que Juan Salvo fue un héroe real, líder de la resistencia contra una invasión extranjera un día que cayó mucha nieve (porque obviamente nevaba seguido en la ciudad). La General Paz es un carnaval inexplicable: monumentos, velas, guias turísticos, puestos de bondiola, procesiones religiosas que recorren la avenida de punta a punta, fanáticos religiosos rezándole a una ciudad inundada que algún día renacerá para salvar al país, fanáticos religiosos puteando a los gritos a una ciudad pecadora que fue castigada por Dios, fanáticos religiosos rezadores agarrándose a las piñas con fanáticos religiosos puteadores y obligando a que intervengan fanáticos religiosos conciliadores.

Hace rato se han confundido los tiempos y se han perdido las cronologías. Las tradiciones orales inventaron un pasado fabuloso y anacrónico que lentamente empieza a desplazar al pasado real. Hoy es seguro que el profesor Tacorta fue ministro del emperador Ñam Fri Fruli Fali Fru durante la gran inundación (aún se discute si la teresana o la porteña). Está comprobado que las invasiones inglesas intentaron tomar la ciudad de Teresa a lomos de gliptodontes pero fueron repelidas por piqueteros. ¿A alguien le queda alguna duda de que Perón lideró a los gauchos contra la invasión de los Fititosaurus? ¿Qué bruto sería capaz de negar hechos científicos tan comprobados como las murallas de oro sólido de Buenos Aires o el matrimonio entre José de San Martin y Rodolfo Sunga? ¡Ni hablar del proyecto espacial de Bartolomé Mitre, mediante el cual se envió el primer choripán al espacio!

¿Quién dijo que Teresa murió? ¡La cultura de mis ancestros está más viva que nunca! ¡Nuestro pasado no es menos heroico que el de cualquier país europeo! ¡Puede que las demás naciones nos hayan dado la espalda, que el país esté en recesión, que sobrevivamos con las pocas joyas que se desentierran en el conurbano, que estemos a nada de entregar Misiones por un inconveniente con Coca Cola, que siete de las demás provincias amenacen con emanciparse, que el pueblo sería más productivo si los trabajadores no abandonaran sus empleos en masa para desenterrar gliptodontes de oro en Avellaneda, o si los terratenientes no acapararan el 80% del territorio para excavaciones privadas (incluso en terrenos tan ridículamente lejanos como Santa Cruz, la provincia más austral), o puede que viviríamos más tranquilos si la NASA no hubiera descubierto un meteorito en dirección a la Tierra que tiene altas probabilidades de estrellarse junto al Río de La Plata, pero LA capital del país sigue viva! Aguarda su renacimiento, porque sabe que la próxima vez sí va a funcionar, que los países del primer mundo se le cagan de risa en la cara por miedo. De sus entrañas nacerá una superpotencia capaz de hacer temblar al mundo entero, porque ese es el inevitable destino de la Ciudad Laureada Autónoma de Buenos Aires Rioplatense Tereseana Enterrada Legendaria Autónoma Sagrada Autónoma Victoriosa Odontológica Sindicalista…

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