Venía siendo un día de mierda, de esos donde con gusto te meterías en cualquier discusión sólo para tener una excusa, el bosquejo de un motivo para escupir a alguien en la cara. Aunque ustedes, que son muy jóvenes para recordarlo, no pueden entender del todo esa época: no era sólo tener un día malo, sino que a ese día había que sumarle toda la mierda del coronavirus, la atmósfera paranoica y deprimente del distanciamiento social.
No les dije de qué trabajaba: atendía un maxikiosco en el centro de Varela. Todos los días llegaba ahí luego de un molesto viaje en tren donde debía reservar asiento para que los mismos milicos de siempre me hicieran mostrarles el permiso de circulación. Ese día llegué cagado de sueño, como siempre, y arranqué a laburar: un tipo que me quería cagar argumentando que le di mal el cambio, un chabón que insistía en regatear un paquete de cigarrillos (sí, se puede ser tan miserable), un pendejo que manoteó un alfajor y se fue corriendo, una vieja dura de oído que pidió indicaciones y me hizo perder varios clientes (porque para qué esperar si tan sólo en la misma cuadra ya tenés tres negocios iguales). Hasta ahí es lo normal: una bronca mansa, domesticada por la rutina.
Bueno... Casi lo normal.
Mi abuela había muerto por coronavirus la semana pasada. Toda la familia trataba de procesarlo aún. Yo no era muy cercano a ella pero lo sí lo suficiente como para que duela. Todavía arrastraba un poco de ese dolor; tal vez es la razón por la cual ese día le tenía aún menos paciencia a los pelotudos de la calle. Eso se sumaba al hartazgo que tenía en general por la cuarentena: el barbijo, la distancia, el alcohol en gel, toda la suma de actividades y costumbres cotidianas que tenía prohibidas desde hace rato y no sabía hasta cuando...
El día se fue yendo a la mierda cada vez más rápido. Mi viejo llamó para contarme que mi hermana se había contagiado, que le dio positivo el hisopado, que me quede tranquilo a pesar de que ella levantaba fiebre y de seguro ya lo habría contagiado a él, que era grupo de riesgo.
Que me quede tranquilo.
Creo que lo peor fue cuando me avisaron que le robaron a mi amigo Luis. El celular, la billetera y un par de golpes: no es lo peor que podía pasarle pero en ese momento valía tanto como la injusticia más salvaje e irreparable.
Para rematar, discutí con el pelotudo del local de al lado; ya ni recuerdo por qué empezó. Yo estaba re caliente, ese tipo de ira que te nubla la vista y ya ni sabés qué decís.
Volví a casa aguantando las ganas de llorar por el camino. Mi padre me mandó audios tratando de tranquilizarme con su voz ronca por el dolor de garganta.
Cuando llegué a casa tiré el barbijo en un rincón y puse la pava. Empecé a tomar mate y pronto tuve que convidarle a mi novia, que acababa de llegar. Ahí me di cuenta de que mi bronca se había ido demasiado rápido. No podía explicarme una paz tan repentina como la que experimenté entonces. ¿La sola presencia de mi novia, lo cual parecía imposible, ya que su rostro era un reflejo de mi cansancio? ¿El mate? ¿El noticiero donde, milagrosamente, anunciaban un descenso en la curva de contagios?
Pero creo que no fue nada de eso; podría asegurar que se trató de un instante. Yo había dejado la puerta abierta; ella llegó sin hacer ruido. Me abrazó por la espalda mientras tomaba el segundo mate y creo que en ese momento, en ese cálido instante, supe que el coronavirus tenía los días contados.
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