Con estos pedazos de madera pintados
que vagamente evocan una torre o un caballo,
me sumerjo en la partida
sabiendo las reglas, no la estrategia.
Ellas lo saben.
Hacen jaque en tres movimientos,
me patean el tablero,
ni se dignan a jugarme.
Alguna quizás,
más cruel o más compasiva,
me demora un rato en el vaivén de las piezas.
Yo arriesgo gambitos infantiles
y enroques desubicados,
envío alfiles al muere, genocida de mis propios soldados,
de nuestra esperanza,
de mi propia dignidad.
Ellas me hacen jaque mate al final
(el piadoso sarcasmo de sus sonrisas
es tan palpable como una trompada).
Yo recojo las piezas con practicada indiferencia;
casi disimulo el temblor al empezar de nuevo,
casi me convenzo de que no me interesa jugar.
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