La libertad de ser insensible.
La libertad de dejar
que alguien más se cague en mí,
creyendo que yo me cago en los otros.
La libertad de odiar mucho,
muy impunemente,
excepto cuando el otro me odia
(eso es dictadura, mucha dictadura).
La libertad de creerme sabio
con tres falacias, dos verdades a medias
y una estadística inchequeable.
La libertad de pensar
que todos los defectos están sólo en la vereda de enfrente,
que los errores ajenos justifican cualquier atrocidad de mi parte.
La libertad de decir que este odio no es mío
aunque lo vuelque como látigo sobre lomos ajenos.
La libertad de creer que el otro no sufre
aunque sus lágrimas no me dejen andar por la calle.
La libertad de ignorar que yo soy el otro,
la sangre, la herida y el grito de dolor que me persigue.
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