sábado, 27 de agosto de 2022

La Cruda Amabilidad

 

Nunca imaginé que mi primer alquiler sería así.

Él era muy amable. Tenía unos cincuenta años, vivía con su anciana madre y tenía otros dos departamentos compartiendo el patio. Me invitó a pasar a su casa, me ofreció mate, me mostró el departamento en alquiler: dos ambientes a medio terminar pero lo bastante completo como para habitarlo (además por ese precio y con esa ubicación no podía quejarme aunque pareciera una obra en construcción). También me mostró su casa, su pieza, su baño y hasta abrió la puerta del departamento del otro inquilino para mostrarme su interior. No pidió garante ni recibo, apenas un depósito mínimo. Pobre… Necesitaba pagar urgente una boleta de gas.

Luego vino la mudanza, el miedo y la alegría de abandonar la casa materna. Él ayudó a bajar las cosas, vino a verme un par de veces, dio algunos consejos sobre dónde colocar tal o cual mueble. Como mi baño no estaba terminado no tenía ducha y me ofreció una copia de la llave de su casa para bañarme ahí. Era el colmo de la generosidad. La última vez que vino fue cerca de medianoche: me pidió cien pesos para comprar cigarrillos.

En los días siguientes descubrí que su amabilidad no conocía límites. Cada vez que yo salía a colgar la ropa o entraba a su casa a bañarme me invitaba insistentemente a tomar mate. Siempre que él hacía de comer me preparaba un plato y me lo llevaba a mi casa o me llamaba a la suya. Se acostumbró a llamarme a cada rato a los gritos para ir a comer a su casa. Al principio podía ser un poco molesto, pero uno se acostumbra. Él se preocupaba tanto por mí… Me golpeaba la puerta en cualquier momento por si necesitaba algo. A veces lo hacía sin un verdadero motivo, es cierto, pero en otras ocasiones era necesario: tenía que pedirme plata (de hecho me pedía con frecuencia). Muchas veces me hacía el dormido para no abrirle (el pobre no se merecía que le haga eso pero es que uno puede ser muy egoísta cuando intenta dormir). Pero por suerte él insistía tanto que me levantaba a abrirle, ya sea a las ocho de la mañana o a las dos de la madrugada, para recibir su comida o su invitación a tomar mate. Aunque no hacía falta que llame: frecuentemente abría la puerta con su llave sin aviso. Una vez tuve que esconderme apresuradamente en el baño porque entró cuando yo andaba en calzoncillos; nos reíamos mucho al recordarlo.

Fumaba como un escuerzo pero esa no era su mayor adicción, sino el juego. Era lo que lo apasionaba. Muchas de las veces que golpeó mi puerta venía a pedirme que le busque por el celular los resultados de la quiniela (y si no me encontraba en casa a veces me llamaba para preguntarme los números) o tan sólo quería narrarme sus mayores hazañas, como la vez que volvió del bingo con diez mil pesos luego de haber perdido treinta mil tan sólo en ese mes. Es cierto que vivía cada vez más endeudado pero no lo juzgo: todos tenemos alguna adicción (sin ir más lejos, yo paso mucho tiempo jugando a la play). La diferencia es que su adicción requería dinero constantemente. Se acostumbró a pedirme plata prestada para seguir jugando o para pagar sus deudas de juego. Llevaba anotados mis préstamos para evitar discusiones pero jamás tuvimos un disgusto. Por pura acumulación, era frecuente que le terminara pagando todo un mes por adelantado incluso dos semanas antes de mi fecha de cobro. Luego yo llegaba a fin de mes sin un peso pero ¿qué no hace uno por ayudar a un amigo?

Algunos dirán que me mudé porque no lo aguantaba pero se equivocan. Es cierto que él y su madre discutían a los gritos varias veces al día. También me sorprendió enterarme de su esquizofrenia, aunque eso explicaba sus anécdotas sobre vecinos ladrones con poderes mágicos que lo atacaban a él sin que nadie los viera o la plena convicción con que relataba su visión de ángeles que además le decían cosas. Algunos hasta tienen el descaro de creer esas absurdas calumnias según las cuales él le robaba a su madre para ir al bingo. Incluso hay quienes tienen la infamia de decir que me fui por no soportar su aspecto, lo cual es absurdo. Es cierto que él no era muy agraciado: tenía cara más bien de loco, usaba ropa vieja y (con frecuencia) sucia y muchas veces se le sentía un mal olor de días sin bañarse, siempre que el humo de los cigarrillos que te fumaba en la cara te permitiera oler otra cosa. Tampoco voy a negar que mis visitas se asustaban la primera vez que lo veían e incluso una vez me espantó una mina.

Pero nada de eso es cierto. Ustedes, por muy médicos que sean no saben nada. Si tan sólo me dejaran reunirme con él en el mismo pabellón podríamos explicarlo todo, podríamos demostrar que ese ángel tenía razón y que él es un buen hombre, sólo que demasiado amable.

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