Sabía que no iba a durar para siempre. Nada
bueno dura, al menos nada demasiado bueno, o nada demasiado bueno que me pase a
mí. ¡Quién iba a pensar que yo viviría quince días en una casa como esta, en
una (las cortinas: olvidé cerrar las cortinas de la pieza) verdadera mansión!
Mansión de tres ambientes, mansión que apenas tiene patio pero... es que de
sólo recordar mi casa, la habitación compartido, las discusiones de mis viejos,
el frío, la humedad… ¿Y si Hernán me pidió que le cuide la casa por eso? ¿Habrá
tenido lástima de mí? ¿No sólo quería presumir de sus vacaciones en el exterior
sino que además quería refregarme una casa de verdad en la cara? No me
extrañaría; es un buen tipo pero desde que tiene plata es un agrandado. (Debo
limpiar mejor la cocina; todavía se notan las manchas en el horno).
Sé que nunca volverá a pedirme que le cuide
la casa. Más aún: tendré suerte si vuelve a hablarme. Se supone que sólo iba a
venir en el día a darle de comer al gato (la comida de Guchi. Mejor le dejo más
por las dudas), a regar las plantas, a enviarle mensajes tranquilizadores para
que pueda seguir disfrutando sin culpa la playa de Brasil. Si querés mirar la
tele o quedarte alguna noche no pasa nada, lo sé, pero no se va a quedar
callado cuando vea la puerta del ropero
rota o su botella de Vodka importado a medio vaciar. No se suponía que trajera
mis cosas y me instalara acá estas dos semanas, que invitara amigos, que armara
aquella fiesta. Los vecinos le van a buchonear todo y, aunque no lo hicieran,
él va a ver las manchas de cerveza en la alfombra, la planta aplastada del
patio, el…
Sólo falta cerrar la puerta. A primera
vista se ve igual que cuando él se fue. Empiezo a sentir la misma indiferencia
de los objetos, la misma hostilidad. Hasta Guchi (qué nombre de mierda. ¿Por
qué le puso así al gato?) me ignora, cuando había llegado a encariñarse
conmigo, tanto que me hacía sentir su dueño. Nuestro hogar es el sitio del cual
reconocemos todos sus elementos; cada cosa contenida en él es parte de nuestro
pasado. Aunque creí que me estaba acostumbrando a la casa, sus objetos me eran
ajenos: podía usar el televisor, el baño, la cama pero esas fotos de los
cuadros estaban ahí, recordándome un pasado del que no soy parte, la existencia
de una entidad que reclamaría el espacio entre estas paredes como suyo dentro
de unos días, dentro de cada vez menos días, en unas pocas horas… Ahora soy el
intruso; debo desarmar este pequeño pasado provisional que establecí en la casa
de Hernán. Creo que no me olvidé nada. La llave gira en mis manos, ansiosa por
cerrar la puerta y aislarme para siempre de este mundo tan distinto al mío.
Pero la puerta del ropero. Tal vez con las
herramientas de Hernán pueda arreglar la bisagra, que cierre bien, que dentro
de (por ejemplo) dos semanas se caiga al abrirla pero ya no sospecharán de mí:
eso te pasa por comprar muebles que se ven lujosos pero son de mala calidad.
Claro, y el vodka. El chino tenía uno en oferta. Ahora sólo lleno la botella y
el gusto no es como lo recordabas; eso pasa cuando te vas de vacaciones, ¿no?
Tu casa parece distinta porque… ¡El olor! Hace días que no noto el olor de
Hernán en su casa. Tal vez me acostumbré o fui yo quien invadió este aire. ¿Y
si entra y percibe mi aroma en la cama, en el sillón, en todo el lugar?
Cerré con llave. Me marcho tranquilo,
sabiendo que ya ni el aroma me delatará. Cuando Hernán regrese dentro de una
hora (la llave bajo la tercera maceta, como acordamos) no notará ningún rastro
de mi presencia ni le importará en lo más mínimo. Al abrir la puerta correrá
hacia la cocina (el olor para ese entonces será insoportable) pero
probablemente sea tarde porque, asfixiado o en llamas, comprenderá que esa casa
era demasiado buena para mí, para él o para cualquiera.
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