viernes, 26 de agosto de 2022

La Mansión Liberada

 

Sabía que no iba a durar para siempre. Nada bueno dura, al menos nada demasiado bueno, o nada demasiado bueno que me pase a mí. ¡Quién iba a pensar que yo viviría quince días en una casa como esta, en una (las cortinas: olvidé cerrar las cortinas de la pieza) verdadera mansión! Mansión de tres ambientes, mansión que apenas tiene patio pero... es que de sólo recordar mi casa, la habitación compartido, las discusiones de mis viejos, el frío, la humedad… ¿Y si Hernán me pidió que le cuide la casa por eso? ¿Habrá tenido lástima de mí? ¿No sólo quería presumir de sus vacaciones en el exterior sino que además quería refregarme una casa de verdad en la cara? No me extrañaría; es un buen tipo pero desde que tiene plata es un agrandado. (Debo limpiar mejor la cocina; todavía se notan las manchas en el horno).

Sé que nunca volverá a pedirme que le cuide la casa. Más aún: tendré suerte si vuelve a hablarme. Se supone que sólo iba a venir en el día a darle de comer al gato (la comida de Guchi. Mejor le dejo más por las dudas), a regar las plantas, a enviarle mensajes tranquilizadores para que pueda seguir disfrutando sin culpa la playa de Brasil. Si querés mirar la tele o quedarte alguna noche no pasa nada, lo sé, pero no se va a quedar callado cuando vea   la puerta del ropero rota o su botella de Vodka importado a medio vaciar. No se suponía que trajera mis cosas y me instalara acá estas dos semanas, que invitara amigos, que armara aquella fiesta. Los vecinos le van a buchonear todo y, aunque no lo hicieran, él va a ver las manchas de cerveza en la alfombra, la planta aplastada del patio, el…

Sólo falta cerrar la puerta. A primera vista se ve igual que cuando él se fue. Empiezo a sentir la misma indiferencia de los objetos, la misma hostilidad. Hasta Guchi (qué nombre de mierda. ¿Por qué le puso así al gato?) me ignora, cuando había llegado a encariñarse conmigo, tanto que me hacía sentir su dueño. Nuestro hogar es el sitio del cual reconocemos todos sus elementos; cada cosa contenida en él es parte de nuestro pasado. Aunque creí que me estaba acostumbrando a la casa, sus objetos me eran ajenos: podía usar el televisor, el baño, la cama pero esas fotos de los cuadros estaban ahí, recordándome un pasado del que no soy parte, la existencia de una entidad que reclamaría el espacio entre estas paredes como suyo dentro de unos días, dentro de cada vez menos días, en unas pocas horas… Ahora soy el intruso; debo desarmar este pequeño pasado provisional que establecí en la casa de Hernán. Creo que no me olvidé nada. La llave gira en mis manos, ansiosa por cerrar la puerta y aislarme para siempre de este mundo tan distinto al mío.

Pero la puerta del ropero. Tal vez con las herramientas de Hernán pueda arreglar la bisagra, que cierre bien, que dentro de (por ejemplo) dos semanas se caiga al abrirla pero ya no sospecharán de mí: eso te pasa por comprar muebles que se ven lujosos pero son de mala calidad. Claro, y el vodka. El chino tenía uno en oferta. Ahora sólo lleno la botella y el gusto no es como lo recordabas; eso pasa cuando te vas de vacaciones, ¿no? Tu casa parece distinta porque… ¡El olor! Hace días que no noto el olor de Hernán en su casa. Tal vez me acostumbré o fui yo quien invadió este aire. ¿Y si entra y percibe mi aroma en la cama, en el sillón, en todo el lugar?

Cerré con llave. Me marcho tranquilo, sabiendo que ya ni el aroma me delatará. Cuando Hernán regrese dentro de una hora (la llave bajo la tercera maceta, como acordamos) no notará ningún rastro de mi presencia ni le importará en lo más mínimo. Al abrir la puerta correrá hacia la cocina (el olor para ese entonces será insoportable) pero probablemente sea tarde porque, asfixiado o en llamas, comprenderá que esa casa era demasiado buena para mí, para él o para cualquiera.

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