Es difícil hablarte. El tipo hecho a la
antigua que no entiende de celulares y esas cosas, el viejo que de suerte tiene
un mail porque Luciana se lo creó para hacer trámites. ¿Alguna vez te molestaste
siquiera en pedirle el celular a ella para revisar la bandeja de entrada? Mirá
que sos porfiado, porque ¿cuánta gente con tanta o más edad que vos tiene
Whatsapp y Facebook hoy en día, aunque sea para revisar las publicaciones y
estados de sus hijos? Si sólo fueras un poco menos testarudo podrías haber
visto de inmediato las fotos de Luciana recibiéndose, en vez de esperar que
ella vaya a tu casa a mostrártelas en uno de esos aparatos del demonio. ¡Pero
bien que te alegró verlas! O eso me contó ella. ¿Cuánto hace que no hablamos?
Por eso te escribo un mail, porque después de tanto tiempo uno no sabe cómo
romper el hielo, porque uno nunca sabe cómo vas a reaccionar o, más bien,
porque creo saber muy bien cómo reaccionarías y eso es lo que me asusta.
Siempre me dabas miedo, aunque no hicieras nada. Supongo que esa parquedad era
tu forma de demostrar cariño, amor rudo como quien dice. Quizás había amor
hasta en los piadosos golpes de tu cinturón. ¿Por qué no? Si hasta me mostrabas
con orgullo la cicatriz que te dejó en la espalda el rebencazo del abuelo, como
un nene inocente muestra la marca del beso materno en el cachete. “A los pibes
hay que criarlos a los golpes”; nunca voy a estar de acuerdo con vos pero
quizás tenías tus razones (ojo: soy la última persona que te justificaría pero
quizás las tenías). Es la forma en que te criaron, la única que conocés, o al
menos la única en la que creés. Sospecho que además descargabas tu frustración
de esa forma: los problemas en la fábrica y cómo te echaron, cómo te cerraron
la panadería, la muerte de mamá y la bronca de no tener plata para darnos una
vida digna… Tal vez Luciana piensa más en estas cosas y por eso ustedes se
llevan bien. Alguna vez vos y yo tuvimos esa misma relación pero sabía que todo
se iba a ir a la mierda cuando te enteraras, que nunca lo ibas a aceptar a
Martín, que nunca me aceptarías. El hijo maricón, el símbolo de tu fracaso como
padre, “debí haberlo golpeado más, debí llevarlo a la cancha”. Sólo tenías que
mantener la farsa de la aceptación, tu burbuja y la mía tolerándose sin
destruirse pero al parecer era pedir demasiado. Lo entendí por tus insultos esa
tarde que te pusiste en pedo. Lo que no imaginabas (estoy seguro de que no
podías ni siquiera concebirlo) es que yo no iba a quedarme callado, que mi
bronca no se iba a quedar adentro mío, pudriéndome la sangre. No pude
aguantarme y ya sabés cuál fue el resultado: para que vieras si duele la
trompada de un puto. Ahora, después de estos años, me pregunto cuánto te contó
Luciana de mí. ¿Viste las fotos de mi casamiento con Martín? ¿Ella habrá tenido
el valor de mostrártelas? Estamos llenando los papeles para adoptar; no sé si
te dijo. No sé ni por qué te escribo esto. Pero estoy seguro de que Luciana lo
sabe; siempre tuvo ese don para leer a las personas. Tal vez por eso te siguió
hablando todo este tiempo, tal vez por eso estará ahora mismo allá con el resto
de los parientes, llorando toda la noche alrededor de tu cuerpo vacío.
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