Tuvimos un pasado
de horneros entre las espinas del dinosaurio,
de regueros de hojas disecadas en ángulo muerto.
Nuestra madre acarreaba los alambrados hambrientos,
dócilmente quebrada bajo los ponchos de tierra,
como un calor gris en el centro de otra historia.
Todavía puedo oírla
triturando su propia corteza
para columpiar las escamas del suspenso.
Era de chapas la tarde
todos los días que nuestro padre caminaba
a través del vidrio destrozándolo.
Nos dolía presentirlo
vomitando ventanas muertas en los bolsillos,
pariendo dinamita en la dilucidación de nuestros pájaros,
destripando el viento duro de la noche.
Su rugido verde afiebraba todas las guitarras.
Tuvimos una infancia
de miedo en la punta de un pan muerto,
de golondrinas violadas en la siesta.
Aún no entiendo cómo nos rescatamos
de la calamidad intrascendente
de respirar gatos enfermos.
Era el tiempo del barro.
Era la hora de ser un ladrido mojado.
Pero pudo ser otra la melodía.
Pudimos soñar otra nube de árboles sobre los autos en llamas.
Sólo había que atornillar un poco menos
las cenizas en tu ojo descalzo.
Sólo había que domesticar
las hambrientas columnas del dinosaurio
hasta que el jilguero del mundo vuelva a casa.
Sólo había que (sólo podemos)
parir nuestra torre frente a este hedor de muerte prehistórica
que de lo contrario nos masticará hasta la última palabra.
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