miércoles, 2 de noviembre de 2022

Los Ruidos Que No Escuchamos

 

‒Se metieron por tu patio. Habrán visto que la medianera de tu lado es más baja.

No escuché nada. En realidad es probable que algo haya oído: una puerta abriéndose, algún ruido como si corrieran un mueble, alguna voz murmurando algo en un tono ininteligible; los típicos sonidos de fondo del mundo, o al menos de Varela, del centro de Varela, mi mundo. Pero son sonidos que escuchás sin oírlos, sin imaginarte que detrás de ellos está ocurriendo algo como lo que pasó en la casa de al lado.

‒Hijos de puta…

Los ojos llorosos de Adrián se cubren de bronca, de indignación. Alguna pasión mucho más violenta se retuerce por un momento en el oscuro fondo de su cuerpo pero desaparece en un instante. Ha permanecido en esa intermitencia por un rato. Tal vez el vigor de sus veinte años le reprocha no haber intentado algo. Pobre, no pudo haber hecho nada (al menos nada que no empeore la situación) y sospecho que lo sabe.

Julián (una visita con la misma cara de consternación que debo tener yo) se ofrece a cebar mate. Nos dejamos alcanzar el mate por turnos.

‒Decí que al menos vos zafaste. ‒Las palabras de Julián intentan consolarme; no sé si lo logran.

Si tan solo hubiera mirado hacia el patio de vez en cuando, si no hubiera puesto música mientras ordenaba el cuarto de las herramientas, si tan solo… Encima tenía la puerta abierta… No sé si empezar a creer en algo o reírme por el sinsentido del mundo.

Lo que más me asombra es que tuvieran tanta plata guardada. ¿A quién se le ocurre? Tampoco culpo a las víctimas pero me sorprende su falta de prudencia. Cuando Adrián me golpeó la puerta para contarme lo que pasó, sentí la tentación de recriminarle su imprudencia pero fue mejor no decirlo: demasiado sufrió desde que lo desmayaron y amordazaron.

‒Clara dice que ya están volviendo.

Salimos a esperar a la vereda. Inconscientemente, miramos con desconfianza a cualquier desconocido que pasa caminando. El aroma de la noche no logra tranquilizarnos, tal como no lo consiguieron ni los mates ni la televisión.

Clara y Emilia bajan del auto. Clara y Adrián ayudan a Emilia a caminar. Qué dijo el médico, las recetas y todo eso. El rostro arrugado y cubierto de moretones apenas articula palabras: Emilia sólo quiere descansar.

Debería decir algo, tratar de consolarla pero se me desarman todas las palabras. Claudia llora y maldice por mí, mientras rodeamos a la anciana en algún tipo de ritual inconsciente que aún debe continuar.

Clara y Julián se retiran casi al mismo tiempo. Yo me tardo un poco más. Sólo quedarán Emilia y su nieto. Adrián me da las gracias por hacerles el aguante. No es nada, cualquier cosa que necesites… No sé si me quedé hasta tan tarde solamente para acompañarlos. No podía hacer otra cosa: mi mente no podía despegarse de la casa de Emilia ni de su ultrajado rostro.

Entro a mi casa. Cierro la puerta con llave pero es tarde: siento que algo horrible ya se ha metido adentro y se quedará aferrado a mí para siempre. Le pregunto a mi hijo si ya hizo la tarea mientras comienzo a preparar la cena.

‒Ma, ¿qué pasó en la casa de Emilia?

‒Nada. No te preocupes.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Sólo en las Montañas

  Una parte de mí vive frente a un buen paisaje. Una parte muy valiosa de mí sólo existe en las montañas. Es angustiante saber que normalmen...